miércoles, 21 de octubre de 2026

​Mi trayectoria en las artes: Literatura, Teatro, Títeres y Narración Oral

 

​Mi trayectoria en las artes: Literatura, Teatro, Títeres y Narración Oral



​Literatura, Teatro, Títeres y Narración Oral. Los coloco en este orden porque así fue como los descubrí.

​Primero, encontré la literatura en los libros. En ellos descubrí historias, lugares, personas, cuentos, mitos y leyendas que me enamoraron. La literatura es el arte de expresar ideas y emociones por medio de palabras, ya sea en forma de prosa o poesía. A través de ella se refleja la condición humana al explorar temas universales y relevantes. Nos permite compartir reflexiones y vivencias; se inicia en la lectura, la cual conduce irremediablemente a la escritura como una necesidad de expresión, convirtiéndote en un lector-escritor. Este fue mi primer acercamiento al arte y, en ese tiempo, no imaginaba que aún me faltaban otras manifestaciones que colmarían mi existencia.

​Fue en 1980, como estudiante de nuevo ingreso en el departamento de Idiomas del Instituto Pedagógico, cuando una joven teatrista me invitó a ver una obra teatral. Sentí curiosidad y me atreví a faltar a mi clase de Lengua y Comunicación —que era a la misma hora— para saber de qué se trataba. La función se llevó a cabo en el desaparecido, pero no olvidado, auditorio del Pedagógico de Caracas. Cuando observé que desde un escenario podías expresarte, hablar, mostrar emociones y compartir sentimientos, quise quedarme. Me dije a mí misma: «Este es mi lugar». Después de disfrutar la obra Parapetos, de creación colectiva del taller de teatro dirigido por Eduardo Fernández Salomón, decidí audicionar para ser integrante del mismo. Unos años después, formé parte de otra agrupación teatral ipecista bajo la dirección de Daniel Izquierdo.

​Unos meses más tarde, siendo todavía integrante del Taller de Teatro, aparecieron los títeres. Recuerdo una tarde cuando el Maestro Elías Carrillo se presentó durante nuestro ensayo en el auditorio para informar que se iba a dictar un taller de títeres y que estábamos invitados. Yo no tenía mucha certeza de qué se trataba, pero asistí a la primera sesión y me di cuenta de que el teatro de títeres era una continuación del teatro que ya venía haciendo, solo que esta vez tenía que darles vida a unos muñecos y, por añadidura, construirlos. El profesor Elías Carrillo terminó su jornada del semestre —que era lo que debía durar el taller—, pero por fortuna continuó y se convirtió en un espacio permanente en el cual todos los estudiantes  e individualidades ajenas a la institución interesados podían participar. En aquel entonces no existía la mención de Artes Escénicas y recuerdo, como si fuera ayer, que los primeros integrantes del grupo fuimos estudiantes de Inglés: Blanca Febres, Yadira Sequera, María Milagros Sabetta y quien escribe. Más adelante se unieron Oswaldo Escárraga, Carmen Arreaza y Elizabeth Gómez; tampoco olvido al argentino Jorge López,  quien era habitante del barrio La Cota, detrás de mi amada Alma Mater.

​Esos muñecos que podía construir con mis propias manos —y que mientras más feos, más llamativos resultaban— me cautivaron. Lo que más me sedujo fue darles mi voz y mis movimientos. Aquellos muñecos de gomaespuma, medias de nailon, algodón y papel maché dominaron mi atención. Mi aprendizaje fue inmenso: con Elías Carrillo aprendí a darle intencionalidad a mi voz y a justificar el texto. También me transmitió el respeto y el amor por los muñecos parlantes.

​Sin embargo, el teatro y los títeres no lo fueron todo. También llegó a mi vida la narración oral. De ella, lo que más me atrajo fue la posibilidad de interpretar a todos y cada uno de los personajes del cuento que narraba. Seguía amando el teatro, pero me ocurría con frecuencia que me enamoraba de ciertos papeles que el director no destinaba para mí. En cambio, cuando contaba un cuento, podía ser —además de la narradora— el sol, la ratita presumida, la montaña o cualquier otro personaje. Contar me proporcionaba libertad. De eso me di cuenta a la tierna edad de 19 años. Fue en ese instante cuando comprendí que la narración oral también era mi lugar.

Al poco tiempo, sentí  la necesidad de escribir. Fue fascinante para mí,  descubrir que el teatro también me daba la posibilidad de inventar personajes y situaciones. Fue entonces cuando me enamoré de la dramaturgia, arte que conjuga la literatura  y el teatro, en mi opinión. Ese amor  sigue vivo hasta hoy.

​La relación entre los títeres, el teatro, la narración oral y la literatura radica en la posibilidad compartida de contar historias y transmitir emociones. Los títeres y el teatro son formas escénicas que dan vida a los relatos literarios, permitiendo una interacción visual y expresiva. La narración oral complementa estas disciplinas al enfatizar la tradición y la conexión humana inherente a la literatura. Juntas, estas formas artísticas enriquecen la experiencia narrativa y fomentan la apreciación de los relatos en diversas culturas.

Para mí, la literatura (leerla y escribirla), el teatro (incluye la dramaturgia), los títeres y la narración oral constituyen un solo arte porque están completamente integrados en mi experiencia y en mi quehacer artístico; no puedo verlos por separado. Son el motivo, la justificación y el motor de esto que llamamos vida. Al menos, de la mía. 

                          Ligia Álvarez 

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