miércoles, 26 de mayo de 2021

CRÓNICAS DE LIGIA ÁLVAREZ


MENTE POSITIVA EN EL METRO DE CARACAS


Ligia Álvarez


    La verdad es que no entiendo por qué la gente se queja tanto del Metro de Caracas. En vez de lamentarse deberían, los eternos quejumbrosos, ver el lado positivo del asunto. He estado reflexionando sobre el mismo y quiero compartir el producto de tales cavilaciones. Para ello, iré mencionando cada una de las “supuestas fallas” del principal medio de transporte de la ciudad.
¡Las escaleras eléctricas no sirven! Me pregunto, ¿usted que gimotea, puede arreglarlas? No, ¿verdad? Entonces, no diga nada y piense que gracias a eso, puede hacer ejercicios. Todos sabemos que hoy por hoy en nuestro país pagar un gimnasio es difícil debido al alto costo del mismo. Por lo tanto, aproveche y cada vez que utilice el metro vaya preparado y suba y baje con alegría. Es más, le recomiendo que si no tiene la necesidad de viajar, vaya de todas maneras a realizar sus ejercicios físicos ascendiendo y descendiendo escaleras.
¡No hay aire acondicionado o no es suficiente para tanta gente! Hay que ver que el mal agradecimiento no tiene límite. Piense en esto, si ya tiene el gimnasio gratis, también tiene derecho al sauna. En algunos gimnasios esto es un pago adicional. En el Metro de Caracas ambos servicios son completamente gratuitos ¡y se suda la gota gorda! Eso sí, ruego a quien vaya a usar el beneficio darse un buen baño con abundante agua y jabón para no aumentar la mezcla de olores desagradables que algunas veces quien usa este medio de transporte tiene que soportar.
¡Hay muchos robos en el metro! Todos sabemos que eso no es mentira. Veamos el perfil provechoso. Voy a ilustrar la explicación con el relato de lo sucedido a una amiga de mi edad. Viajaba en el tren cuando tres delincuentes ingresaron al vagón con armas y una enorme bolsa donde todos los usuarios debían depositar sus celulares inteligentes. Mi amiga en cuestión de segundos pensó: ¿y si me quedo sin celular cómo me comunico?, ¿cómo diablos hablo con mis hijos fuera del país? Fue en ese momento cuando ella demostrando poseer una gran creatividad antes de que los antisociales llegaran a su puesto, pues señores sacó su smart phone de la cartera ¡y lo introdujo entre sus piernas! Por suerte iba sentada. Se puso muy nerviosa porque sabía que si los individuos se daban cuenta de que trataba de engañarlos podía resultar peor. Pues todo le salió bien. En el momento cuando los tipos revisaron su cartera no encontraron lo que buscaban. Únicamente, hallaron documentos y billetes de muy baja denominación, que inmediatamente desestimaron. Una vez que se fueron los bandidos, todos los demás pasajeros estaban sin celulares, menos ella, claro. Desde entonces, mi amiga dice que prefiere dejarlo en casa porque no siempre se corre con la misma suerte. Ella demostró tener no solo creatividad sino valentía también. ¿Ve como de una horrible experiencia obtuvo provecho? Más bien tiene que agradecer a la inseguridad del metro por los favores recibidos.
¡Hay que tener cuatro ojos y cuatro manos para cuidar las pertenencias! En el párrafo anterior se resaltan la creatividad y la valentía. En este voy a hacer énfasis en el valor que debemos darles a nuestras posesiones que nos han costado tanto. Debemos colocar nuestros bolsos y maletines delante, no de lado o atrás, además hay que apretarlos como si lleváramos oro. Sabemos que lo que en verdad queremos proteger es nuestra documentación y las tarjetas de débito o crédito porque después cuesta los dos ojos de la cara sacarlos. Pues esta situación, nos permite hacernos más conscientes de las pertenencias y no andar distraído y pensando en pajaritos preñados. El que está desprevenido tiene dos opciones, continuar siéndolo o cambiar. Inclinémonos por lo segundo y elija tener mayor responsabilidad por sus cosas. ¿Se fijan que esta es otra ventaja? Es la oportunidad de crecer, de mejorar como personas. Además de entender que cada quien tiene que velar por lo suyo y que la policía está ocupada en otros asuntos que son más importantes que vigilar que la masa viaje bien y que no sufra hurtos. Cada quien lleva su cruz así que cada quien que custodie lo suyo.
¡La espera es larga antes de que el tren llegue! Es verdad esta afirmación. No obstante, ¿señor, usted no ha pensado que la agitación de la vida actual no nos permite ni pensar? Esos quince, veinte, treinta minutos, o una o dos horas pueden convertirse en instantes para recapacitar sobre nuestras vidas. Si no se reflexiona estamos condenados a cometer los mismos errores. Bien, entonces aproveche el tiempo para hacerlo. También ese tiempo constituye una ocasión de oro para planificar nuestro futuro. De nuevo es necesario agradecer al Metro de Caracas. Nos brinda momentos de reflexión y planificación. Aquí involucramos pasado, presente y futuro de nuestras vidas. ¿Captan la importancia?
Si de tiempo estamos hablando, igualmente es necesario mencionar otro mérito del principal medio de transporte de Caracas: desarrollo del ingenio para los acertijos. Permite deshojar la margarita: ya no sería: ¿me quiere?, ¿no me quiere? Ahora sería: ¿llegará?, ¿o no llegará?, ¿Llegaré al trabajo o no llegaré al trabajo? De todas maneras si no llega o llega tarde, tendrá la excusa perfecta y nadie se la va a refutar porque aunque todos no tienen la suerte (o mala suerte) de viajar en él, todos saben que es una especie de lotería porque nunca se sabe qué ocurrirá y cuánto tiempo tomará o si tendrá que salir de él para intentar arribar a donde lo amerite, caminando o quien pueda pagar, tomando un taxi.
¡Qué gentío! Piense. A veces nos quejamos por sentirnos o en efecto estar solos. Sobre todo en estos momentos cuando la crisis ha obligado a nuestros hijos, nietos, hermanos, amigos e incluso pareja a emigrar. Si bien es cierto que vivimos conectados a la tecnología y las redes sociales nos permiten a veces creer que no estamos solitarios, en realidad estamos más solos que nunca. Esta situación es subsanada por el Metro de Caracas. Cuando usted entra al metro no hay ni un pequeño espacio para la soledad. El metro nos permite acompañamiento. Además podemos palpar cómo piensa, cómo siente y qué padece la muchedumbre. Entre cinco que salen y quinientos que entran al tren, no es posible estar aislado.
¡Todo puede suceder en el metro! Ciertísimo. Lo imposible es posible allí. Eso es lo que pensamos, por ejemplo, cuando en la estación Plaza Venezuela suben seiscientas personas, nos arrimamos tanto, nos montamos unos encima de otros y es ahí cuando concluimos que no hay nada imposible en este mundo.
¡No se entiende lo que dicen por el altavoz! No importa. De esta manera incrementará su capacidad de adivinar lo que se quiso decir, o advertir.
¡Cuántos olores nada agradables! Aconsejo que se ahorre su perfume cuando viaje en metro. Si ya sabe que se mezclaran buenos y malos aromas, guarde su fragancia favorita para un momento especial y no la malgaste. Usted sabe cuánto cuesta hoy en día una buena esencia.
¡Entran y salen vendedores y gente que pide colaboración! Entonces no se aburrirá. Los hay quienes venden caramelos, galletas y chocolates de dudosa procedencia. Además las historias que comparten los que piden son tan disímiles, fantásticas y dramáticas que lo menos que hará es hastiarse.
Señores, creo que con todas estas ventajas, hay que tener mente positiva y parar de quejarse. En realidad el metro es una bendición y hasta me atrevería a afirmar que en verdad es una solución para Caracas. (
15 de abril de 2019)

MÁS PERDIDA QUE EL HIJO DE LINDBERGH

    Recuerdo que cuando estudiaba primaria en la inolvidable escuela"La Divina Pastora", mi también imborrable maestra Marina Angulo, en varias ocasiones cuando  me encontraba distraída, cotorreando con alguna compañerita o sumida en mis sueños, ella, para hacerme aterrizar, me preguntaba sobre el tema que estaba tratando en el momento. Cuando respondía alguna incoherencia para salir del paso, me decía: "Ligia, estás más perdida que el hijo de Lindbergh"
En los años de mi niñez, dicha expresión se solía emplear para referirse a alguien que no tenía la menor idea de dónde estaba parado, se encontraba distraído o que simplemente ignoraba algo. Pero, ¿quién fue el hijo de Lindbergh? 
    Charles Augustus Lindbergh Jr. fue  el hijo del célebre aviador estadounidense Charles Lindbergh y de su esposa, Anne Morrow Lindbergh. Lo secuestraron a la tierna edad de diecinueve (19) meses. El secuestro ocurrió el 1ro de marzo de 1932, en Nueva Jersey. No tuvieron noticias del niño hasta el mayo siguiente,  cuando se encontró un cadáver de un pequeño cerca de la residencia de los Lindbergh. Después de un rápido reconocimiento, se determinó que el cuerpo era de Charles. Un carpintero de nombre Bruno Hauptmann se hizo sospechoso y  fue encontrado culpable y sentenciado a muerte. La evidencia encontrada en poder de Hauptmann, (15.000 dólares de los 50.000 que se habían pedido como rescate) lo señalaba como uno de los responsables del delito. Después, han surgido otras evidencias que ponen en duda si la decisión fue la correcta: dos hombres han declarado ser Charles Augustus. Esa es otra historia.
Ahora bien, ¿por qué en los 70, estaba tan popularizada la expresión que da título a esta nota? La respuesta es simple. En 1928, su padre visitó volando en su avión varios países latinoamericanos, entre ellos Venezuela. Esto influyó a que tal crimen de los 30 tuviera tanta repercusión en esta región. Por eso en la época de mi infancia con frecuencia, se empleaba la  expresión.  (12 de junio de 2018)

LA ILUMINADA DE LOS FRAILES


Ese 10 de diciembre de tal vez el año 1970, ella se sentía iluminada, santa. Era el día de su Primera Comunión en la Iglesia San Francisco de Caracas. El sacerdote que la confesó le preguntó dónde vivía y acto seguido inquirió si había muchos frailes ahí. No entendió el porqué de tal interrogación hasta muchos años después. ¡Qué lenta! (8-03-2017)

VIRTUOSO ENTRE VIRTUOSOS EN TRES TIEMPO




Como todos los días, José Gregorio Hernández se levantó a las cinco de la madrugada. Tomó el primero de sus baños diarios, rezó el Andaluz y se dirigió a la Iglesia de la Divina Pastora a escuchar la misa del domingo y a comulgar. Regresó a su casa, donde su hermana Isolina le tenía preparado su frugal desayuno, el cual tomaría antes de visitar a sus enfermos. Una vez roto el ayuno, le provocó tomar su violín. Lo tenía descuidado, hacía días que no lo ejecutaba. El instrumento lo hacía sentir bien, permitía que al son de la música fuera repasando momentos importantes de su vida. Vinieron, como en una película a color que nunca vería en su existencia, episodios vitales como los dos intentos que hizo en Italia para convertirse en religioso. Una mueca de cierto dolor se dibujó en su rostro. También pasó volando rápidamente la cara joven y morena de Rafael Rangel, pero sacudió su cabeza como para hacerla desaparecer. Las frustraciones propias eran inquietantes pero las de otros pesaban demasiado, tal vez por lo que hizo o dejó de hacer para ayudar a sus semejantes. Quizás el capítulo Rangel, nunca lo terminó de leer, si tuviese tiempo, si su vida se lo permitiera lo leería para interpretarlo.

Las cuerdas lo llevaron a detenerse un poco en lo que nunca fue, su deseo de ser religioso. No pudo es verdad, pero su profesión siempre la asumió como un sacerdocio. Ahí están sus pacientes, sus enfermos, los pobres que nunca tuvieron para pagarle, y los ricos que le permitieron tener unas cuantas cosas que dejará a los suyos antes de irse a la eternidad. Por cierto que algunas ya las repartió cuando creyó que podría desprenderse de lo material antes de irse a Europa a intentar su vida mística. Ahí también están sus investigaciones médicas, y volvió a ver el rostro de Rangel, pero con un movimiento más brusco que el primero lo borró de nuevo. 

Pensó en la muerte, la amaba, la quería, era la manera a través de la cual él creía podría ascender y trascender. Pensó en todas las veces que sus enfermos le habían dicho que no era de este mundo. De verdad lo sentía, se había moldeado muy bien a la vida terrenal pero experimentaba la necesidad del espíritu y de Dios y en la vida como hombre no la hallaba. La música lo transportaba, y era que quería llegar allá y más allá y casi lo logra pero su hermana lo interrumpió para decirle que alguien lo solicitaba. Así que dejó el violín a un lado y caminó hasta la sala.

Era un emisario de la anciana que había estado visitando en los últimos días. Había agravado. Rápidamente salió de la casa, pero antes quiso pasar por la farmacia a comprarle un medicamento que él sabía que necesitaba. Después de hacer la compra, salió de la botica. Vio un tranvía estacionado y otro que subía por la esquina hacia más allá. Entre dos vehículos no se percató de que venía un automóvil que de manera lenta pero certera lo impactó e hizo que se golpeara contra el filo de la acera. Y ahí quedó el hombre, el cuerpo, el ser de este mundo. Sus últimas palabras fueron “virgen santísima”, oídas por varias personas, sin embargo lo que nadie oyó fue lo que seguidamente pensó “vienes a llevarme a donde tanto he querido ir, pero sé que siempre continuaré estando por aquí ayudando a mis enfermos, a mis necesitados”. El chofer del automotor se acercó y vio los ojos de José Gregorio Hernández, pero como estaba tan nervioso jamás entendió que en sus ojos brillaban el agradecimiento y la bendición.

Tuvieron que pasar muchos años para que Ligia supiera del doctor milagroso. Tenía quince o dieciséis años y nunca había oído hablar del llamado médico de los pobres. Pero estaba marcado en su destino, que sería junto con sus seres amados una beneficiaria del galeno. La conocí un día cuando paseaba por La Candelaria y decidí entrar a la iglesia donde reposan los restos de Hernández. Me llamó la atención su presencia porque rezaba muy bajito y con los ojos cerrados. Me acerqué y esperé que finalizara sus oraciones. En los últimos meses había estado investigando acerca de las manifestaciones religiosas del pueblo venezolano. Vi en la anciana a un informante, así que le pregunté por qué tanta veneración. Quedé sorprendida con la facilidad con que me regaló su historia, su anécdota, que ahora transcribo en estas líneas.

Jamás se había interesado por el médico, porque simplemente nunca había oído hablar de él. ¿Cómo interesarse por algo que no se conoce? Transcurrieron muchos años y su padre hubo de sufrir un accidente para que descubriera cómo era que un hombre podría obsequiar bondad después de muerto.

A Ligia de setenta años le tiene sin cuidado el hecho de que el vaticano se ha negado a conferirle la santidad al galeno. Lo que ella verdaderamente valora es su propia fe. En esa oportunidad, Ligia me relató una historia que comenzó aproximadamente cincuenta años atrás.

La primera información sobre José Gregorio Hernández, la tuvo Ligia del Carmen poco antes del momento cuando éste le concedió el milagro. Un día que exactamente no se acuerda, pero sabe que era la década de los cincuenta del siglo XX, ella y su madre estaban visitando a unas primas en Catia, específicamente en El Amparo. En aquella oportunidad pasaron un buen rato conversando y cuando se disponían a marcharse, una de las primas les obsequió una estampita con la figura del médico y agregó que era un santo muy milagroso.

Cuando llegaron a casa, Carmen Adela y Ligia del Carmen fueron avisadas por varios vecinos que autoridades policiales habían ido a informar sobre el accidente ocurrido al padre de familia. El entonces denominado puente  Sucre se había derrumbado y había caído sobre la humanidad de algunos trabajadores que participaban en su construcción. Entre los desafortunados estaba Pedro, obrero del cemento y del bloque y esposo y padre de Carmen y Ligia respectivamente. Algunos cadáveres permanecían en el hospital. Para allá, se dirigieron desesperadas las dos mujeres. Una vez en la institución médica, fueron informadas que Pedro no había fallecido pero que estaba muy grave luego de sufrir una fractura doble de cráneo. Los médicos no proporcionaron ningún tipo de esperanza. A pesar de todo, las dos mujeres nunca cesaron de tener confianza en la salvación del ser amado.

            Ligia no sabe explicar por qué pero repentinamente sintió que una fuerza interna e inmensa la hizo abrir su cartera y buscar la estampa que recientemente le habían regalado. Pidió con fe, una fe enérgica, que nunca más ha vuelto a experimentar.
       
            Las sufridas damas pasaron la noche en el hospital en espera de información. Todos los amigos se marcharon entrando la medianoche. El hospital quedó solitario. Ligia pudo atisbar, pasadas las doce, a un hombre que se paseaba de un extremo de la sala a otro con los brazos atrás. Vestía un flux con rayas y cuadros menudos. El hombre se detuvo frente a la muchacha e inquirió cómo seguía el enfermo. La joven no pudo responder porque rompió a llorar. Al rato, el desconocido desapareció. 
            
                Al día siguiente, durante la hora de la visita, acudieron muchos amigos y conocidos porque Pedro era una persona muy apreciada por todos. A Ligia le llamó la atención que el hombre no se apareció más. Unos días después, el facultativo que atendió al obrero, habló con las damas y les manifestó que su familiar había mejorado y, que además, agregó, aquello parecía un milagro. Pese a la gravedad de la fractura craneal, no le quedó ninguna secuela. Únicamente, perdió un ojo porque ahí en el hospital no se contaba con los servicios de un oftalmólogo y no se podía movilizar al paciente para otra parte. Más adelante, el padre recordó que un médico, con las características antes descritas del doctor José Gregorio, había entrado al recinto  y le informó que lo operaría. No recordó nada más. 
               
                  Pasaron veinte años, cuando Ligia se dio cuenta de que la persona que había visto era realmente el doctor Hernández. Lo supo porque transmitieron una serie televisiva y el hombre que hacía el papel del médico era alguien muy parecido a él. El actor se llamaba Américo Montero. Cuando lo vio en la televisión, se percató de que el individuo que preguntaba por Pedro, era según ella, nada más y nada menos que el llamado médico de los humildes, y en ese momento fue cuando se reveló ante su raciocinio el milagro. Desde entonces Ligia cree ciegamente en el doctor José Gregorio Hernández porque para ella, él es venerable entre venerables. (11-10-2017)

EL TIEMPO QUE SE VA NO VUELVE



Cuando era niña siempre escuché decir, mitad en serio  y mitad en broma, que el mundo se acabaría en el año 2000 y resulta que ya soy alguien que pertenece a lo que llaman la tercera edad o última etapa de la vida y es inminente el arribo del 2020. En esta fecha las canciones de la Billos Caracas Boys de alegría y felicidad y de Néstor Zavarce que  entonan que faltan solamente cinco minutos para las doce nos mueven algo interno. A mí particularmente, me llevan a mi niñez y adolescencia, a la casa inolvidable de esa etapa. La que se llenaba de gente: familiares,  vecinos, amigos. Todo era dicha. No olvido a una vecina, la señora Carmen, la del garaje. Era la primera en tocar el timbre de nuestra vivienda para desear el feliz año. Mi abuelo, que era un ser muy popular, la recibía con un licor. A los pocos minutos, ella se marchaba porque tenía que  continuar su saludo de nuevo año casa por casa. Recuerdo los bailes, la música, las risas, en fin, la felicidad y que yo siempre me apartaba pensando tal vez en el libro que me iba a leer en enero. Me entristece pensar ahora que no disfruté esos momentos, me parecían fastidiosos. Ahora cuánto daría  para que un espíritu se me apareciera, como le ocurrió a Scrooge, y me llevara a  recorrer de nuevo esos hermosos instantes y disfrutar de verdad aquellas horas que no retornarán.   (31 de diciembre de 2019)


CARACAS, LA CONVULSIONADA




¡Qué tarde es! -Pensó- De inmediato recordó la imposibilidad de trabajar ese día. Lucía en realidad un tanto arriesgado. Caracas estaba convulsionada. Habría un recorrido desde el Este y una concentración que esperaría en el Oeste. Eran bandos contrarios, al parecer irreconciliables. Sin apuro, abandonó la cama y encendió la televisión. -Vienen para acá, van a pedir su renuncia- Condujo los pasos por el piso de cemento hasta el baño. De un envase sacó un poco de agua con un vasito. Lavó su cara y se cepilló los dientes como pudo. Después de secarse, caminó con lentitud hacia la cocina. Abrió la nevera. Sólo había agua. Nada más. Sabía también que ni en su cartera ni en la cajita donde solía guardar dinero tenía un céntimo. ¿Qué hago mi Dios?, ¿acaso hoy no voy a comer? De repente una idea iluminó su mente. –A un lado el temor, me voy a la concentración. Como los “contra” avanzarán hasta donde están congregados los “pro”, entonces aprovecho y les vendo a los dos grupos. Total a mí no me importa quien me compre, lo que me interesa es que lo hagan. Una vez vestida con la ropa que usaba para la calle, tomó la bolsa negra donde guardaba su mercancía. Salió. Había agitación y tensión afuera. Algunas personas corrían tratando de alcanzar cualquier sitio donde estar seguros. Ya se sentían los gases y el olor a pólvora. Le costó abrirse paso entre el gentío, pero lo hizo. En una esquina colocó el mantel, y una a una dispuso las cajitas de algodón, los cortaúñas, las revistas usadas, las cintas adhesivas y las pilas. Cerca, un niño de la calle caraqueña saboreaba un mango. En ese momento entre consignas, pitos y boinas, sonaron varios disparos. La multitud huyó. Ella no tuvo tiempo de nada. Cayó fulminada de un tiro sobre el sucio pavimento, justo al lado del niño de la calle caraqueña que tampoco comprendió lo que estaba pasando. (Relato inspirado en hechos acaecidos en abril de 2002 en Caracas)Ligia Álvarez  (31-03-2017)



¿AQUÍ NO SE ESCUCHA MÁS NADA, HIJA? 



     Cada época tiene una música especial. Muchas canciones  hacen que evoque momentos estelares de mi vida. Ésta, específicamente, “I just called to say I love you” me transporta al año 1984, cuando pasé las últimas festividades navideñas y de fin de año  con mi inolvidable abuelo “Papaíto Pedro”.

     La melodía estaba de moda. Ese año me había graduado de profesora de inglés. Aún no había conseguido empleo y mamá me obsequió el disco o Long Play (Larga duración). El 31 de diciembre de ese año me dio por repetir y repetir la pieza infinidad de veces en el Pick up de casa. Mi abuelo reclamaba: “¿Hijita, y aquí no se escucha más nada?"
     En febrero del siguiente año, comencé a dar clases en un liceo público y empleé la balada como recurso didáctico para enseñar la lengua extranjera. Recuerdo que me tocó un quinto año de bachillerato.  Los estudiantes casi tenían mi edad. Me he tropezado con unos cuantos de ellos por las calles de Caracas y algunos parecen hasta mayor que yo misma.... Oh, my goodness. (21-09-2016)

HUBO UNA VEZ EN CARACAS... UN TERREMOTO Y  UN  NACIMIENTO



    El 29 de julio de 1967,  yo cumpliría en un par de meses siete años de edad. Desde unos días antes mi mami Ligia, se encontraba hospitalizada porque estaba a punto de nacer su segundo bebé. Ese día mi primera hermana menor nació en la Maternidad Concepción Palacios. Yo, ajena, a todo lo que no fuera mi mundo del juego, me quedé al cuidado de mis abuelos Carmen Adela y Pedro. Me sentía  el centro del universo, porque era la la niña consentida de la casa.  Más o menos a las 8 pm de aquel sábado, mi abuela se encontraba terminando sus oficios del día en la cocina y yo en mi pequeña habitación jugaba con mis muñecas favoritas. De repente veo que mi padrastro Rafael irrumpe en mi cuarto y me carga para sacarme. Me sorprendí porque fue algo inesperado y además me molestó que una de mis diminutas pantuflas salió de mi pie. Al parecer lo único que me importaba en ese momento porque empecé a gritar: ¡mi Cholita! ¡mi cholita! Por supuesto, el esposo de mi madre no me hizo caso y presuroso me llevó hasta la calle. Finalmente, entendí que estaba ocurriendo un terremoto. En mi comunidad, todos dejaron sus viviendas y se aglomeraron en la calle. Recuerdo a un señor llamado Lorenzo, quien bebía consuetudinariamente,  que gritaba: ¡Gracias a Dios, el mundo se va acabar! Mientras tanto en la avenida San Martín, mi mamá solo vestida con una bata blanca abierta por la parte de atrás como la que usaban todas las pacientes, y otras recién paridas abandonaban la maternidad con sus bebés en brazos. El lugar fue evacuado por seguridad. Después de salvarme, Rafael se dirigió hacía el hospital para saber cómo estaban mi madre y la recién nacida. En esos tiempos no había celulares y pese al caos, se encontraron caminando en direcciones contrarias cerca de los bloques de El Silencio. El padre emocionado tomó la bebé en los brazos y marcharon hacia el hogar. Con suerte consiguieron que alguien los llevara en automóvil. En la comunidad, la familia y los vecinos recibieron con alegría a Ligia y a su hermosa bebé: Deyanira del Carmen. ¡Feliz cumpleaños, hermana! ¡Dios te bendiga y que el espíritu de nuestra mami te acompañe siempre! 
(29-07-2014)

HISTORIAS, HISTORIAS HISTORIAS

Yo, en la actualidad.



Mi mamá se casó en una iglesia que quedaba en el sector Gato Negro del barrio Los Frailes de Catia. Las historias que llegaron hasta mí, decían que esa iglesia se convirtió después en una funeraria y luego llegó a ser el liceo privado Santa Ana, donde hice  dos años del ciclo básico del bachillerato. Hace poco pasé por allí y me percaté de  que ya no funciona el liceo.
Los primeros meses de mi vida los viví en Altavista. En el lugar específico (creo que se llama San Isidro, lástima que ahora no tengo a mi mamá para que me aclare) donde vivían mis abuelos y mi madre abundaban  polacos, rusos y ucranianos. Habían llegado al país no solo huyendo de la guerra sino  de la expansión del fascismos a la cual temían mucho. Al llegar a esta hermosa nación latinoamericana, construyeron sus hogares de una manera muy similar a la de sus viviendas en Europa. Aquellas casas eran de madera y estaban rodeadas de flores bajo la agradable neblina que reinaba en aquellos años en esa área de Catia.
Desde los años cincuenta los europeos iniciaron su vuelta a la patria y algunos venezolanos compraron sus viviendas. Entre ellos estuvieron mis abuelos, quienes con mucho sacrificio lograron reunir el dinero para dicha adquisición.
Mi abuela Carmen Adela me contaba que cuando yo era una bebé, mis mejillas eran muy rosadas y atribuía ese hecho a la circunstancia de que ella me sacaba todas las tardes al jardín de nuestra casita justo bajo la neblina que allí se instalaba.
  Mi abuelita también me relató que la familia a quien ellos compraron la vivienda dejó una máquina de coser industrial. Cuando apagaban las luces en la noche para ir a descansar, la máquina comenzaba a coser sola. Era una máquina embrujada. ¡Uy, qué miedo! (08-04-2014)

FRÍO DE MUERTE

Hoy 7 de marzo de 2014 pasé por los alrededores de la Plaza Bolívar y decidí entrar al Museo Sacro, hace unos meses traté de visitarlo pero no estaba abierto al público. Pude observar la primera sala, en ella había vestimenta de obispos, imágenes de vírgenes,  esculturas, objetos y cuadros religiosos. El sitio estaba solo, era yo la única visitante. Me dirigí a la segunda sala, en la puerta me detuve, una fuerza inexplicable me hizo retroceder. Sin embargo, me propuse seguir hacia adelante.  Ya adentro  un frío atravesó mi cuerpo y no fui capaz de continuar el recorrido. Nunca antes había  mi ser sentido ese frío sepulcral.
  Al llegar a casa busqué información sobre el Museo Sacro y entendí el porqué de lo que sentí. Durante la época colonia este museo fue un cementerio. Existen doce criptas donde se presumen están los restos de los primeros obispos caraqueños. Excavaciones que se hicieron en los años ochenta revelaron la presencia de 25 cadáveres  y también se conoce que allí descansan los cuerpos de las personas ajusticiadas por José Tomás Boves cuando ingresó a Caracas en 1813. También encontramos una Cárcel Eclesiástica. Una vez leída esta información entendí que la fuerza helada no fue otra cosa que el frío de la muerte. A continuación, comparto algunas fotos que pude tomar. 
(07-03-2014)





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DÍA DE MERCADO


En mi infancia, acudir al mercado era un acontecimiento feliz, una celebración, una fiesta. Se erigía como un tiempo de alabanza. Lo veíamos como un día de agradecer al creador el poder adquirir el sustento.

Con siete años, iba con mis abuelos y mi madre al templo de la abundancia en la búsqueda de las frutas, las verduras, carnes, pescado fresco, o leche.  Cada espacio poseía  un olor particular.  Las frutas y verduras me trasladaban al campo. La leche me recordaba la vaca risueña de la televisión. El pescado me hacía añorar el mar. La carne era lo que menos me gustaba. Recuerdo a mamá diciéndome que me la comiera en el almuerzo y yo me negaba porque no quería  engullir un cadáver. Ella reía y respondía:
“entonces anda y le pegas un mordisco a una vaca viva”.

No olvido los anchos y largos pasillos del  mercadito de la niñez. El corredor que más me gustaba: el de las galletas y caramelos. Las compotas me enloquecían y los cereales azucarados me encantaban.
Llenábamos el carrito con necesidades, curiosidades y antojos. A veces había que devolver  artículos porque nos pasábamos del presupuesto. Pese a todas las congojas llevábamos para quince días. Transcurridos los cuales volvíamos a emprender el camino al mercado.

Hoy,  el mercado tiene otra dirección.  Se mudó a la calle de la tragedia. El disfrute quedó atrás, ya ni  su sombra se ve. Es el mercado donde se compran tristeza, silencio, pesar, ofensa,  cansancio,  pesquisa al salir.  Todos estamos apremiados de alimentos y todos estamos propensos a saquear, según los dueños, o empleados-esclavos que  en realidad me despiertan  una  piedad hermana del desprecio.
Escucho:

“Despégate de ese refrigerador, salte de él y sonríe, sonríe aunque no tengas ganas, o carezcas de fuerza. Sonríe así tus hijos vivan famélicos. No importa más nada, solo muestra la cédula  y sigue la flecha y no te vayas por otro camino. Apúrate que no vas a conseguir nada.  Si  hoy no le toca a tu  número, vete a llorar al valle, no me importa que tu nevera esté vacía  porque  la mía está llena. Tengo privilegios, tengo un amigo que trabaja en el súper y me cuadra una paca, y la leche fresca y el café oloroso que despierta”.

Los nuevos comerciantes informales del siglo XXI, y los ciudadanos  honorables  se confunden como se mezclan los que pueden pagar y los que después de seguir  la lógica de la cola se les imposibilita costear el alimento del cuerpo y únicamente están destinados a nutrir el alma con los estómagos vacíos.
Todo esto pensaba yo,  mientras resignada daba diez pasos cada veinte minutos hacia un adelante que me llevaba hacia atrás y me hundía en la fosa más insondable durante  seis horas. No lo vuelvo a hacer, esta es la última. No perderé horas de mi vida así: prefiero vivir, vivir con apetencia insatisfecha  pero vivir y no existir. Vamos, sal de este infierno. Te espera un mundo, el teatro, la poesía, la música. Vamos, date prisa y enciende la luz, ahí al final  ¿no ves la vela? Extiende la mano.  La encontrarás.  (Creo que no es necesario decir, que hoy fue mi día de hacer cola).
Ligia Álvarez (15 DE ABRIL 2016)


viernes, 14 de mayo de 2021

MICRORRELATOS DE LIGIA ÁLVAREZ


Nunca es tarde cuando llega la primera vez



El corral de la casa... Recuerdos de la infancia. Ella y tres amigos improvisando personajes... pero cuando llegó el momento de decidir el futuro... Carlitos se hizo médico. Nieves se formó como profesora. Nené se convirtió en un pintor de prestigio. Sola quedó presentando unipersonales que inventaba. Abrigaba la aspiración de verse en la pantalla como las divas que admiraba en las películas del cine del pueblo. Abandonaba el  terruño cuando había alguna audición para demostrar talento. Siempre quedaba frustrada hasta que hoy a los sesenta y cinco años por fin escuchará el 3,2,1... luces,¡Acción!, de su primera vez en el séptimo arte.





LUZ BENDITA







Hace unos días tuve un sueño. No era de esos  que me visitan estando despierta sino uno en el que estaba dormida. Consistió en ver regresar a mi hijo mayor quien ya tiene casi dos años que emigró. Arribó con su morral a cuestas. No llegó a nuestra casa actual, más bien fue al hogar de los abuelos maternos, donde mis hijos vivieron los primeros ocho o nueve años de sus vidas y yo  por más de treinta. No se detuvo en la sala, ingresó directamente al primer cuarto. Al parecer no estaba preparado para él. Salió y  caminó hasta el comedor y  yo lo seguí. Ahí estaba mi abuela quien abandonó este mundo  unos cuantos años atrás. Al reencontrarse, se abrazaron y lloraron de alegría. Mi hijo menor, -quien igualmente emigró- estaba presente. Solo sonrió. Yo, que era una especie de espectadora, volví a la sala y pregunté a mi madre, quien también abandonó el mundo de los vivos hace unos cuantos años, que  si el muchacho podía dormir en el piso  de arriba y ella respondió: “él va a dormir ahí”, señalando la habitación. Me asomé a la alcoba y fui sorprendida por lo impoluto y acogedor de las sábanas y la solitaria y acolchada almohada. Lo que me emocionó más fue la luz. Era una luz nítida, brillante, una iluminación que no era de este mundo. Si el cielo existe, así debe ser su luminosidad.  Desperté estremecida entre lágrimas y preguntándome acerca del significado de  esas imágenes. Suelo olvidar los sueños, pero este lo recuerdo aún y creo que no lo olvidaré jamás. Siento que es un mensaje  que alguien quiso enviarme. Me toca interpretar. Ojalá esa luz interna  no se extinga.

14 DE ENERO DE 2020

 



EL EMIGRANTE





—¿Qué llevas en tu maleta?

—Algo del pasado y un poco del presente.

—¿Y el futuro?
 —Su lugar es el compartimiento más ancho. Lo espero llenar.

Ligia Álvarez

(18 de agosto de 2019)



Ligia Álvarez



Nueva York, Madrid, Londres, Lisboa, París, Roma, Ciudad de México, Tokio, Delhi,

 Calcuta, Sao Paulo.




El anuncio promocional de la agencia turística invita a todos estos lugares del

 

mundo. Por unos segundos largos, la anciana observa el cartel ilustrado con la  imagen de

 

una playa paradisíaca. Más allá del vidrio se encuentran  la recepcionista y la

 

agente de turismo.

 

—Ahí está de nuevo esa señora.

 

 

—¿Y que esperabas? Viene semanalmente.

 

—Siempre es el mismo cuento. Que le reserve para Europa, Asia , América o

 

para cualquier sitio que se le ocurra. Al principio caí pero ya la conozco.

 

 

—Menos mal que tú conoces tu ganado.

 

 

—¿Sabes qué? Hoy no tengo ganas de lidiar con ella. Dile que no estoy.

 

 

—¿Y si dice que te va a esperar? Tú sabes que es capaz de plantarse aquí todo el día.

 

—Le dices que no vendré hoy, o mejor dile que tomé vacaciones vencidas y que

 

no regresaré hasta el año que viene. ¡Mira, ya va a entrar! Me voy a la oficina del fondo.

 

La agente se va y la anciana entra.

 

 

—Buenos días, mi niña.

 

—Buenos días. ¿Y usted como amanece?

 

—Excelente. ¿Francis no ha llegado? Veo su escritorio vacío.

 

—No, no ha llegado ni llegará. Tomó vacaciones vencidas.

 

—¡Qué lástima! Quería que me reservara vuelo para Londres. Mi hijo me mandó el dinero. 

 

Estoy tan emocionada. Finalmente lo veré después de cinco años.

 

—La felicito pero ya le dije: Francis no vendrá. Le recomiendo que vaya a la agencia 

 

ubicada frente a la plaza, ahí  podrá no solo reservar sino comprar el pasaje.

 

—Bueno, está bien. No tengo otro remedio. Mi hijo quiere que viaje lo más pronto posible. 

 

Que pases buen día, mi niña y si hablas con Francis dile que deseo que disfrute mucho sus 

 

muy merecidas vacaciones.

 

—Pero oiga, ¿por qué no le dice a su hijo que le mande por internet el pasaje electrónico

 

de una vez? Eso se puede hacer y así usted se evita trámites engorrosos.

 

—Mi hijo siempre está ocupado. En esos países no tienen tiempo de nada. Es casi un 

 

esclavo. Eso es aquí, que hay tiempo para todo. Apenas tuvo unos minutos para hacerme el 

 

depósito desde allá. Bueno mi niña, no te quito más tiempo, voy a donde me dijiste.

 

La anciana Sale.

 

—¡Ya puedes salir, Francis! No hay moros en la costa.

 

Francis Sale de su escondite.

 

—Uy me salvaste la vida. La verdad es que hoy no tengo paciencia para aguantar a esa 

 

señora.

 

La anciana entra de repente.

 

—Olvidé preguntarte algo, mi niña. ¡Francis!¿No estabas de vacaciones? Ah ya entendí, no 

 

te preocupes. No te molestaré más. ¡Cuando uno es viejo estorba en todas partes!

 

La anciana se marcha para siempre.

 

 



UN MICRORRELATO NO TAN MICRO







UN MICRORRELATO NO TAN MICRO

El octogenario había decidido sentarse en la plaza hacía unos pocos minutos. Al principio, 

el lugar estuvo solitario pero de repente comenzaron a llegar los visitantes habituales: los 

que esperaban que  abrieran la cafetería para degustar el primer café del día y las señoras de 

la agrupación de bailoterapia que aguardaban a sus compañeras retrasadas para iniciar las 

actividades. Lo novedoso aquella mañana lo constituían  los jóvenes equipados de cámaras, 

claqueta, tripoide, y demás artilugios para filmar escenas de una película. A todos se les 

notaba el entusiasmo. 

 

 En el grupo desentonaba una mujer de mediana edad, que recibía instrucciones por parte del director, un mozuelo muy al estilo de Alfred Hitchcock o Román Chalbaud. Con seguridad, sería una actriz frustrada que con los años estaba cumpliendo su sueño, o quizás una jubilada de alguna profesión que nunca antes había actuado en un medio audiovisual y en ese momento le surgía la oportunidad de quedar inmortalizada gracias al séptimo arte. La actriz comenzó a caminar rodando un carrito de mercado de un extremo a otro de la plaza. Hubo que repetir la escena en la que pasaba por el frente de la iglesia y se persignaba porque una transeúnte, al ver las cámaras, saludó a una de ellas y ahí se rompió toda la magia.

 

  El anciano evocó los tiempos cuando había sido actor de cine. Fueron muchas películas, en el presente perdidas en el olvido, en las que actuó. Estos jóvenes: director,  asistentes, productores, asesores, camarógrafos y maquilladores no lo conocían. El tiempo lo había maltratado sin piedad. Su vida transcurría en un cuarto de vecindad, entre paredes sucias y agrietadas. Inclusive, él mismo había dejado extraviar en su mente aquellos momentos de esplendor. ¿Quién lo podía reconocer ahora? El deterioro físico producto de los excesos de antaño lo impedía. Además, pocas veces salía de su pieza. Ni los vecinos sabían de aquel pasado de estrella. 

 

 El sol excesivo hizo su trabajo y decidió dejar la plaza y los recuerdos. Ya se iba cuando la actriz del carrito de mercado, quien se hallaba disfrutando de un breve descanso, se acercó a él y le preguntó: ¿usted no es Ernesto Sierralta? Sin esperar respuesta, exclamó: ¡Claro que lo es! Nunca lo olvidé. ¡Muchachos, vengan a conocer a una leyenda del cine de nuestro país!

  RECUERDOS





De pie en la vereda, mientras caza estrellas y olfatea el aroma de una rosa reseca, la mujer, a ratos, posa la mirada en el cauce del río que transporta memorias de sonrisas rancias. Las aguas heladas rocían sus pies. Decide devolver la flor a la tierra y entrar a su refugio. Pretende preparar un consomé de los que serenan el alma. Se detiene en la entrada de la casa, y concentra la mirada en la  imagen del cuadro: la joven olfateando el capullo marchito y mirando el río que le roba los recuerdos.


PERFIDIA


En todo ese tiempo nunca escuché el rumor de las olas. Únicamente, percibí el ruido alevoso de los pájaros. Aquella embarcación oxidada, anclada en la arena como un trozo seco de barro no era otra cosa que una catacumba. El verdugo, seguro de que había acabado con todos, se alejó. Ahí, yacían exánimes mis padres y hermanos, pero para su pesar, si se hubiera dado cuenta, yo sobreviví. El único objetivo que vislumbraba mi cerebro era buscar ayuda. Salí con los penosos movimientos que la herida me permitió. Me arrastré en la arena hasta alcanzar una choza para solicitar el auxilio, que era como el agua que necesitaba el sediento. En aquel yate derruido la niñez naufragó.


 MAQUILLADORA 






Cuando crucé la frontera para reencontrarte, no pensé desviar el camino. Todo comenzó cuando pasajeros y conductor tuvimos que abandonar el vehículo después de que unos hombres armados detuvieron su marcha. 
  — ¿Quién maquilla aquí?—preguntó uno de ellos—.  
—Yo—traspasando la raya entre el temor y el pánico, respondí—.  
Dos de los hombres ordenaron seguirlos hasta una casucha perdida en la selva. Señalando un cuerpo que yacía en un deteriorado catre, el más joven pidió: —Queremos que ella parezca como si no estuviera... y ponle esta peluca. 
Me acerqué al lecho: rostro pálido, veinte años, quizás. Busqué en mi morral los colores. Siempre, asumí el oficio para celebrar la vida, nunca para lisonjear la muerte. Acaso, sería esta la primera vez.

¿EL SELLO DE SU VIDA?


Estuvo dispuesto a dar lo que fuera por ese sello. En ese momento, tan sólo era necesario subir. La estampilla representaba el retiro en su trayectoria de coleccionista. Ascendió la vieja escalera ocre. Los trastes polvorientos le dieron la bienvenida al altillo. No tuvo que perder tiempo porque sobre la antigua mesa colonial era visible el cofre de las rúbricas. Revisó cientos de ellas hasta que exclamó:
—¡Por fin te tengo!
Con lo que no contó jamás fue que su viejo corazón de ochenta y nueve años no resistiría la emoción. Unas horas después, fue encontrado inerte en el piso del desván de la casa ajena, apretando la última pieza de su colección incompleta.

Texturas. Voces femeninas del teatro venezolano contemporáneo (2)

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