miércoles, 6 de septiembre de 2017

Yo aparezco cada vez que una escritora me piensa de Ligia Álvarez


Yo aparezco cada vez que una escritora me piensa


Mi escritora favorita y mi inspiración.

De luto en Europa.
Aquí yace y fue en este lugar donde la entrevisté en mis sueños.
Entrevista imaginaria a Teresa de la Parra por Ligia Álvarez
Pasos perdidos que sin embargo me llevaban hacia la avenida Panteón. No entendía el porqué pero iba con la firmeza y seguridad que experimentamos cuando alguien aguarda por nosotros. Hacía media hora que el calor sofocante y el insomnio me sacaron de la cama. No me detuvieron el peligro, ni la oscuridad. Tenía la certeza de que alguien me esperaba. Lo que no sabía era quién. Así que seguí cuesta arriba por la avenida Fuerzas Armadas hasta alcanzar la avenida Panteón. En mi caminar nocturno uno que otro individuo logró sobresaltar mi perseverancia pero al mismo tiempo sentí que una presencia invisible guiaba y custodiaba mis pasos. Minutos menos, minutos más, llegué al Panteón Nacional. El edificio histórico me invitaba a penetrarlo, abrió sus puertas majestuosamente e ingresé. Aquel ambiente solemne, silencioso y en penumbras atemorizó mis sentidos. De repente apareció ante mí una figura delgada y refinada. Llevaba un vestido largo color blanco de fina tela, calzaba zapatos negros de tacón bajo. Lucía su cabello oscuro muy corto hasta el inicio de la nuca, dividido en dos partes. Casi no usaba maquillaje, salvo el color rosado que resaltaba en sus labios. Desde su delicado cuello y sus orejas, dos joyas brillaban en la oscuridad. No comprendí nada al inicio, tal vez fue mi incrédulo rostro lo que hizo que ella estallara en una sonora carcajada.
Liyita, -me interrogó- ¿No eres tú la que quiere escribir una obra de teatro sobre mí?
Un poco aturdida por escuchar el diminutivo familiar de mi nombre respondÍ:
Disculpe, no entiendo… pero usted se parece a … ¿es que acaso no es…?
Ana Teresa Parra Sanojo-afirmó.
¡Teresa de la Parra! –exclamé
Sí la misma que escribió los libritos Las Memorias de Mamá Blanca e Ifigenia.
¿Libritos? Yo diría librotes.
Librito lo dije por cariño, no siempre el diminutivo sirve para reducir, también lo podemos emplear para expresar mucho afecto, librito es una palabra más bien mimosa. ¿Y sabes? librote también podría significar mucho peso pero poco valor. Dime, ¿Y cómo piensas llamar la obra?
Teresa en Caracas.
Sabes que me gusta el título. Sobre todo por lo de Caracas. Siempre adoré Caracas, mentí muchas veces cuando inquirían sobre mi lugar de nacimiento. Realmente nací en París, donde papá se encontraba en misión diplomática. Pero yo siempre estuve impregnada por el perfume evocador de la tierra querida, situada en pleno trópico.
Caraqueña perdida en el lejano oriente.
¡Ah! Estás haciendo referencia a Diario de una caraqueña por el Lejano Oriente. La que realmente hizo el viaje fue María, mi hermana, pero la escritora era yo y plasmé su aventura en el papel. Si mi memoria no falla escribí el diario en 1920, salió publicado en la revista Actualidades, dirigida por Rómulo Gallegos. No sólo tomé del viaje que emprendió María al Lejano Oriente también de otros viajes que hizo. ¿Por qué querías verme?
Quiero entrevistarte, Teresa. Escribir una obra de teatro requiere conocer muy bien los personajes, escudriñar los secretos más ocultos. Al menos eso es lo que me enseñó mi maestro de dramaturgia. Me dormí pensándote y ahora me despierto ante ti.
¿Acaso crees que has despertado? Conmigo sólo se puede conversar en sueños.
Suelo tener un sueño muy ligero, todo me despierta, hasta el sonido de las alas de una mariposa, entonces vamos a proceder a la entrevista, no quiero perder tiempo, podría despertar para mí pesar. ¡Pero qué cosa! No traje nada, ni una libreta.
Bien, eso no importa. Recordarás cada palabra que emerja de mis labios.
¿Cuando viviste en Venezuela siempre permaneciste en Caracas?
No siempre, desde antes de mis recuerdos viví en la hacienda Tazón, muy cerca de Caracas. Fue ese ambiente campestre y sencillo el que quise transmitir en mis Memorias. Pero cuando contaba con tan sólo 8 años, papá murió, al poco tiempo, mamá decidió que nos marcharíamos a España. Estudié en el colegio Sagrado Corazón, de allí son los personajes María Eugenia y su amiga Cristina de Ifigenia.
En la época en que escribiste prevalecía el Criollismo, lo masculino, lo elocuente, la política en la literatura. Tú te alejaste de esa tendencia.
Me mantuve firme a otras convicciones. Dejé a los hombres esos temas. Yo quise fortalecer lo femenino. Recuerda que en esa época la mujer era considerada débil y debía contar con el aval masculino, pero me rebelé a todo ello. Me fascinaba el habla coloquial caraqueña pero jamás quise que reproducirla fuera el fin de mi obra, sólo busqué emplearla como un recurso.
¿Recuerdas tus primeros escritos?
Fueron unos versos, estudiaba en el colegio por allá en 1909, todavía no tenía 20 años. Los compuse para el día de la Beatificación de la Madre Magdalena Sofía Barat. Recibí un reconocimiento, un premio escolar, fue el primero, desde ese día comencé a pensar que la escritura me venía bien. Era algo natural que en mi nacía, y la hoja y la pluma se convirtieron en mis compañeras inseparables.
Mis ojos se detienen en sus finos dedos, uno de ellos decorado por un hermoso anillo.
¿Es de esmeraldas tu anillo?
Esmeralda verdadera.
En estos tiempos no se pueden usar sin poner en peligro la vida.
Realmente es la sombra del que fue, porque el verdadero se lo dejé a una amiga cuando morí. Este anillo tiene una trascendencia en mi vida, y dudo que pueda ponerla en peligro ni en los tiempos antiguos ni en los modernos. Me lo dejó de legado mi gran amiga Emilia Ibarra. Nunca más quise desprenderme de él ni siquiera en este plano atemporal en el que continúo viviendo.
¿Quién fue Emilia y que significó para ti?
Emilia fue mucho más que amistad, trascendió ese sentimiento que por sí ya es profundo. Durante muchos años viví en su casa. Emilia Ibarra de Barrios Parejo era su nombre completo. Era para mí todo un mar de cariño. Después de su muerte no hice sino pedir limosnas de ternura y en las noches en mi cama buscaba mendrugos y al no encontrarlos las tristezas subían y luego bajaban por mis mejillas. Recuerdo que en los buenos tiempos, organizaba en su casa tertulias con escritores consagrados. Fue ella quien inspiró la creación de Mercedes Galindo en Ifigenia. Allí conocí a José Rafael Pocaterra quien me invitó a escribir en su revista Lectura Semanal. Emilia falleció en 1924, le dediqué Ifigenia: ¿recuerdas? A ti, dulce ausente, a cuya sombra propicia floreció poco a poco este libro. A aquella luz clarísima de tus ojos que para el caminar de la escritura lo alumbraron siempre de esperanza, y también, a la paz blanca y fría de tus dos manos cruzadas que no habrán de hojearlo nunca, lo dedico. Emilia era bella, pero además de bella, encantadora. Cuando hablaba parecía que se interpretaba a sí misma. Empleaba las manos, la boca, los ojos, la cabeza, la voz, la sonrisa, todo. Era sutil y armoniosa, poseía mil matices y a los mil los amé. Cuando murió me sumí en una tristeza sin final, llevé luto en el corazón el resto de mis días. A ella le debo haber vivido no con riquezas pero sí independientemente porque me dejó el usufructo de su fortuna, bajo la condición de que permaneciera soltera. Para mí no fue un sacrificio porque jamás quise atarme a ningún hombre pero a Emilia sí estuve atada. Conservé conmigo su fotografía. Cuando morí en 1936, dejé instrucciones expresas para que fuera colocada junto conmigo en mi ataúd. Mis emisarios cumplieron la tarea, sólo que de lo que de mí quedó fue trasladado dos veces. Una vez de España hacia el Cementerio General del Sur en Caracas y después a este panteón, a esta iglesia de la Santísima Trinidad que es donde hoy reposo y solamente retorno al mundo exterior en momentos especiales.
¿Teresa que había en ti de María Eugenia?
Todo y nada. Todo porque en este personaje están plasmadas las rebeldía juveniles y nada porque definitivamente siempre me rebelé contra las imposiciones de la sociedad en la que me tocó vivir. En mis tiempos, muy pocas mujeres escribían. Ése era un mundo masculino. Yo entré en ese ambiente, no me conformé con ser un elemento decorativo en las recepciones de los grandes cacaos de Caracas, de los amos del valle. Yo quise ser yo. Mucho se me criticó en la época en que viví en casa de Emilia, se decían atrocidades. Pero lo cierto es que lo que se hacía en aquellas sabrosas reuniones era discutir sobre las tendencias literarias, y artísticas en general. También ejecutábamos el piano o la guitarra y siempre había quien leyera sus poemas u otros escritos. Aquello era vivir. María Eugenia, no se conformaba con el papel que le tocó en la novela de su vida, se rebeló pero eso no fue suficiente, al final hizo lo que la sociedad le impuso. Yo en cambió no me dejé imponer nada. A mí nunca me gustó que el banquete fuera sólo para los hombres, yo irrumpí en él ¡y cómo lo disfruté! Ifigenia es eso, mis palabras en contra de la sociedad que no permitía a la mujer expresarse con su voz propia.
¿Se dice que fumabas y que hasta manejabas un automóvil que para la época eran cosas inaceptables en una mujer?
Si no me equivoco fui la primera mujer en manejar un automóvil en Caracas. Recuerdo como todos se detenían a mirarme.Las mujeres criticaban pero en el fondo sentían envidia y los hombres condenaban pero al mismo tiempo deseaban aproximarse a mí. Claro eso era tan raro, Caracas realmente era una provincia entonces. Cuando se enteraban de que yo conduciría, aquello era como un espectáculo público, un circo. Toda Caracas se asomaba a la ventana, toda Caracas se detenía en las aceras ¿Y yo? Felicísima. Toda Teresa, toda de la Parra.
¿Qué significó para ti Gonzalo Zaldumbide?
Yo sentía por los hombres terror, pero por Gonzalo sólo miedo. ¡Cómo me hubiera gustado que me quisiera con alma de mujer! El canto de su amor lo veía y sentía en todos lados, ¡tú y siempre tú, Gonzalo!, ¡hasta en el amor o en el deseo que se levantara a mi paso! A veces su amor me hacía sentirme triste, triste, triste.
¿Y Lydia Cabrera?
Una escritora cubana.

Lo sé pero, ¿Qué significó Lydia Cabrera en tu vida?
Fue mi amiga inseparable desde que la conocí en 1927 hasta mi muerte. Le dejé mi anillo de esmeraldas. A ella le debo la compañía y cuidados que tanto se requieren cuando estamos sufriendo de muerte. Me brindó mucho afecto. No olvido las inyecciones de aceite alcanforado que tanto me aliviaron, igual que sus palabras, su preocupación verdadera. Por mi enfermedad descuidó sus cosas, su atelier, su escritura. Se encerró conmigo en el sanatorio suizo, de vez en cuando regresaba a París para ver cómo estaban las cosas, aquel tiempo breve de separación era para mí muy largo. Mis últimos días fueron para ella noches de no dormir hasta que llegó el 23 de abril de 1936 cuando definitivamente abandoné a mi cabrita, a Lydia. Amiga Liyita, está por aclarar, me desvaneceré en instantes, pero recuerda si otra vez quieres hablarme, piensa en mí, porque yo aparezco cada vez que una escritora me piensa.

Ante mí se esfumó, y yo comencé a observar los mausoleos, como los otros visitantes que ya habían iniciado su entrada al imponente panteón, tratando de parecer normal, ¡pero qué va! Mi comportamiento estaba lejos de lucir natural. ¿y Cómo? Imposible. Acababa de entrevistar a Teresa de la Parra.

Texturas. Voces femeninas del teatro venezolano contemporáneo (2)

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